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jueves, 11 de febrero de 2021

Indio Solari. Los recuerdos mienten un poco.


Los que crecimos al amparo de la magia ricotera –tres décadas bajo ese pulso- sabemos lo que significan esas letras supuestamente indescifrables, el bailecito en círculos con los brazos flameando, los lacerantes estiletazos de guitarra de Skay Beillinson, la misa, el pogo, la magia. Quizás por eso Los recuerdos mienten un poco se convirtió en un objeto necesario para alimentar ese pulso. Estas memorias llegan luego de El delito americano en versión historieta, retazos de esa obra total que Solari escribe desde hace casi una vida y aún no acepta publicar, y de su último disco, El ruiseñor, el amor y la muerte.

El título del libro proviene de la canción “Perdiendo el tiempo”, del disco dos de Lobo suelto, cordero atado, abre con una cita a Leonard Cohen (“Aunque he olvidado la mitad de mi vida, todavía recuerdo esto”, y, sabemos, toda memoria tiene algo de ficticio en su reconstrucción), y está vertebrado bajo un diálogo entre el fisgón y el confidente, Marcelo Figueras e Indio. “Recuerdos que mienten un poco funciona como el perfecto complemento de la obra solariana”, dijo Figueras: “la hace estallar en mil pedazos, reconfigura cada fragmento y vuelve a ensamblarla en un todo nuevo más amplio”.

Ahí está el mago de mil caravanas, narrando su infancia en la Entre Ríos natal (“Me acuerdo más de eso que de lo que comí anoche”); la mudanza a La Plata, el cine como primera expresión artística, el enamoramiento de “gente grande que tenía actitudes más riesgosas que las mías”; la psicodelia, “infectar la cultura a través del arte”, los años maravillosos “en los que la libertad te brotaba por los ojos”, el pensamiento de izquierda, los primeros años de la troupe ricotera, las situaciones dionisíacas: “uno no quería cambiar la sociedad, quería cambiar al hombre”. Pero, se sabe, amigos, “todo lo que triunfa se transforma en un poster”.

“Yo tengo la suerte”, dice Solari, confesional, autocomplaciente, “de que el público de Los Redondos haya proyectado sobre mí ciertas destrezas o aptitudes (...) que, si yo tuviese que reivindicar en un examen, probablemente no aprobaría”, y saborea: “la ventaja que tiene eso es que te da permiso para ser mejor”.

Intacta su capacidad de analista político, crítico de las estructuras de poder, empático con los marginales. “A veces pienso que la especie humana es un experimento que no salió del todo bien”, dice, y conquista. Lo saben muy bien aquellos que gustan cargarse el mote de ricoteros.

Nunca es demasiado. Fernando Samalea.

 

Baterista, percusionista, bandoneonista, ser espiritual, discípulo de Jodorowsky, hombre de una memoria prodigiosa o de una tenacidad obsesiva por tomar apuntes; vagabundo productivo, hedonista, alguien que “camina absorbiendo el presente”; el que tocó con todos (Melingo, Estelares, Dacal, Lizarazu, Manzanera, Sexteto Irreal, el clan Ortega, miles más), dueño de “todas las vidas que me hubiera gustado tener”, según respalda el crooner francés Benjamin Biolay en uno de los prólogos (el otro corresponde al colombiano Sandro Romero Rey).
Así es como pinta y se pinta Fernando Samalea en Nunca es demasiado. Una larga historia en el rock, tercer y última entrega de una saga que comenzara con Mientras otros duermen (2017) y Qué es un longplay (2015). El libro es una “manera atrevida de vivir otra vez los recuerdos, aun en medio de un presente vertiginoso”, y ese presente incluye centros culturales, teatros, museos, hoteles, bares, aviones y caminatas por Europa, Japón y los EEUU, recitales, reuniones con amigos, personajes del rock y el arte en general, segmentado en una decena de capítulos con extensos subtítulos, no exentos de humor, a la manera de los viajeros del Siglo XIX.
Ese incansable andar acompaña también las vastas ocurrencias de Charly García, “Nuestro Héroe Nacional”, “una usina creativa constante”; la travesía en moto de 11 mil kilómetros por Sudamérica junto a la cantante y artista plástica Marina Fages, veinticuatro conciertos incluidos; o escenas hilarantes, como cuando descubre que un desconocido se ha hecho pasar por él para beber y comer gratis en un bar porteño durante un año. Con citas a Fernando Noy, Marta Minujín y George Gershwin y una cuidada selección de fotografías a color, todo se sumará, como dice Alejandro Terán, “al anecdotario de la vida surrealista del músico”.

miércoles, 13 de enero de 2021

Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin

Hace no muchos años, décadas apenas, vivió en EE.UU. una mujer hermosa. Se llamaba Lucia Berlin. Escribía sobre la soledad, el alcohol, la ciudad, los vínculos sociales, la familia, el desamor, el empleo. Como Carver, como Cheever, recortes de la realidad, la vida misma incrustada en situaciones cotidianas (“lo superfluo es lo que nos tienta”). 

Personajes, femeninos en su mayoría, escondidos en el barro de la historia. Una foto más del lado oscuro del American Way of Life. Lucía Berlin contaba el dolor con ráfagas de belleza. Y lo hacía con un ritmo que por momentos fluye y por momentos se retrae, con un humor delicado, casi inglés, con finales abiertos, cercenando verbos; contando las voces de aquellos que sólo podían ser escuchados por su oído sagaz. Escribía con nervio, sin grises, como quien corta el césped del lenguaje. Dicen que los setenta y seis cuentos que publicó -toda su obra- son su biografía ficcionalizada (“exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero nunca miento”; “la mujer sobre la que estoy escribiendo (...) está escrita en tercera persona”). 

Nació en Alaska, vivió en asentamientos mineros, en Chile, en México, en más de media docena de ciudades estadounidenses (“debo de llevar doscientas mudanzas a cuestas”). Trabajó como mujer de la limpieza (“las mujeres de la limpieza lo saben todo”), enfermera, telefonista, docente. Fue madre de cuatro hijos, sufrió abandonos y muertes de parejas, publicó entre los ’60 y los ’80 y falleció en 2004. Manual para mujeres de la limpieza -como Stoner, de John Williams- es un maravilloso y necesario rescate reciente de la literatura norteamericana. “Lloro, al fin”, cierra el relato que da título al libro. Vale llorar, sea de alegría, sea de tristeza, al leerla. Vean la foto de solapa: Lucia Berlin era hermosa, como sus relatos.

Bienvenida a casa, de Lucia Berlin

La de Lucia Berlin es una escritura cándida, aunque cuente lo oscuro; es elemental, pero nada ingenua; de un humor sutil, que va al hueso y se desliza con naturalidad, en lo mejor de la línea realista, dura, norteamericana de Carver, Cheever, Hemingway. Las dos selecciones -Manual para mujeres de la limpieza (2019) y Una noche en el paraíso (2016)- se convirtieron en un imprescindible rescate de los setenta y pico de cuentos que publicó en diferentes revistas entre los ’60 y los ‘80: escribía sobre la soledad, el alcohol, los vínculos familiares, el amor y el desamor, los empleos, la metrópolis. Bienvenida a casa. Apuntes biográficos, fotografías y cartas escogidas es la tercera antología de su obra. No ya una vida parapetada detrás de la ficción, sino un modo de la autobiografía fragmentaria. Lo dice Jeff, uno de sus hijos -quien tuvo a su cargo la clasificación del material- en el prólogo: Bienvenida a casa es “una sucesión de recuerdos de los lugares donde se había sentido en casa”.

Dividido en dos grandes secciones, la primera guarda fotografías y memorias dispersas, los textos en los que estaba trabajando al morir en 2004: desde su nacimiento en Alaska pasando por la niñez (“la primera palabra que dije fue luz”), las múltiples mudanzas, hogares, paisajes, parejas, la llegada de los hijos; EEUU, Chile, México; incluido el capítulo “Los problemas de todas las casas en las que he vivido”, cuatro graciosas páginas con detalles de los típicos problemas habitacionales de una mujer que viva con lo puesto sobre lo ya instalado. La segunda parte -“cartas escogidas 1944-1965”- es epistolar, cartas que enviaba a su amigo el profesor de Lengua y literatura Edward Dorn. Detrás de eso, la búsqueda: ordenar el caos, reafirmar el pasado reciente, bucear en lo lejano, recuperar aromas, vivencias, sostenerse frente al pánico del presente, enumerar, hacer un recuento; la vida constituida por peripecias, un inventario de objetos y acciones cotidianas. Si para Berlin leer es “un consuelo íntimo”, para nosotros leerla a ella es exactamente lo mismo.

jueves, 10 de diciembre de 2020

No es un río, de Selva Almada

Tres amigos -Enero, el Negro, Tilo: un mes, un color, un árbol- se llegan hasta la isla para cumplir con el ritual que los hermana desde que tienen uso de razón: la naturaleza, la pesca, el campamento, la cofradía. Entre ellos, Eusebio, el Ahogado, el ausente, el fantasma revelado entre sueños.
Y en el devenir, la gente del pueblo y la gente de la isla, clase popular, baja; familias rotas, desmembradas, abandonos, la niñez destemplada; el alcohol, la apatía, la amistad (y sus límites), el sexo, dejarse estar; el rancherío, el agua oscura, amarronada, el monte.

La inminencia de un enfrentamiento, una traición, una tragedia; la violencia latente, lo ominoso. Esa isla y ese pueblo innominados -aunque sepamos que se trata del norte de una provincia mesopotámica- están a orillas o en medio del río, y no serían lo que son si no estuvieran a orillas o en medio de ese río. “El río. Un resplandor que humedece los ojos. Y otra vez: no es un río, es este río. Ha pasado más tiempo con él que con nadie”. 

Y el monte: “Lo conoce como a la palma de su mano. Como no conoce ni conoció a ninguna persona”. Y la isla: “que es como decir: sobre el mundo”. Ese mundo, el único conocido, y no otro. Lo que como a nada en el mundo se conoce.

No es un río, de Selva Almada, que viene a completar la trilogía que arrancó con ese excelente libro que es El viento que arrasa y siguió con Ladrilleros, es una novela costera, que viaja en el tiempo, entre presente y pasado, y donde lo onírico busca sus intersecciones con lo real y tiene en sus personajes y en la naturaleza el conducto para esa búsqueda. Prosa ajustada, sintética, un vuelo poético que hace que las imágenes huelan, se vean, se palpen, se saboreen: “gurises negros y flacos como anguilas, puro ojo”; “la lancha pasa, rampante sobre el agua, abriéndola en dos como a una tela podrida”. El pulso de la oralidad, puro realismo, leve filiación a lo mágico, un lenguaje recortado, como quien escucha música. Cadencia de la escritura, que se asemeja al moroso oleaje de ese río.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Ariel Dilon

 

 

Escritor, traductor, periodista cultural y docente de talleres de escritura, es, además, asesor editorial, editor externo y jurado de preselección de premios literarios. Ha traducido diferentes géneros: ficción, dramaturgia, filosofía, crítica y ciencias sociales de autores franceses, ingleses y norteamericanos (Highsmith, Le Clézio, Foucault, Dumas, Stevenson, Dickens, Twain, Schwob, Segalen, Vonnegut, Derrida y Bourdieu, entre otros).

Ha enseñado traducción literaria para instituciones con sede en Francia y Bélgica y obtenido becas de residencia de traducción y escritura en Francia, Suiza y España. Ha publicado los libros Vladimir Nabokov y las lecciones de literatura (Madrid, 2005) y El inventor de dioses y otros apócrifos chinos (junto al artista plástico Bernardo Ferreyro, Badajoz, 2008).

Zazie en el país de las mutaciones

Ho plásas (“El que lo moldeó” o “lo creó”) ephánisen (“desaparece” o “hace desaparecer”), obliga a decir Queneau a un incauto Aristóteles. “En Zazie en el metro hice lo que me dio la gana”, sostuvo. Y no se priva de nada: repeticiones, sustituciones, bifurcaciones de identidad, inversiones de género, transiciones súbitas, torsiones verbales a manos llenas; un tráfico entre niveles de lengua y entre lenguas. Como si el director de la Encyclopédie de la Pléiade, fundador de Oulipo, clasicista y patafísico, una oreja en la academia y otra en el empedrado, se diese no una libertad, sino unas reglas que sistematizan su infracción. Ho plásas ephánisen. Abracadabra. Queneau es un prestidigitador.

Las nociones de vanguardia y locura se entrecruzan, decía Leopoldo Panero, pues ambas plantean “el problema de una realidad divergente”. “La locura se hace acompañar de una niña, y las niñas son las únicas que escuchan, fieles a su realidad, al loco”. Si aquí la Ciudad Luz es una wonderland ridícula y lumpen, madriguera urbana con su corte de los delirios, Zazie, heroína-niña, deberá contentarse con subterráneos simbólicos. Novela queer, burló la censura que por aquellos años no pasaron Nuestra señora de las flores de Genet, Teleny de Oscar Wilde, El hombre de jengibre de Donleavy, Lolita. Éxito instantáneo en 1959, volvió famoso a su creador anfibio y sutil. La adaptación al cine, por Louis Malle, fascinaría a Chaplin y aún deleita –¡como Alicia! – a públicos de toda edad.

Confundiendo monumentos nacionales, el autor escarnece otra estatuaria: la retórica. Siendo tan francés, escribe en una lengua otra: proteica, omnívora, gozosa, que desconoce fronteras. Yo le pido peras al limonero. Sobre el suelo fértil del español rioplatense, con su PH compatible, injerto en mi arbolito criollo la sinuosa rama del peral de Queneau. Ha de dar peras cítricas, zázicas.

Palimpsesto: los personajes de la novela, si hice bien mi trabajo, verán restituido su heteróclito argot en un sueño soñado en porteño.

La acción, en París, es decir en ninguna parte.

 



Ariel Dilon

Agosto de 2020

 

 

miércoles, 7 de octubre de 2020

Libro del anhelo, de Leonard Cohen

Versos del poeta, novelista y cantautor canadiense fallecido en 2016 Si el anhelo, en su definición académica castellana, es “deseo vehemente”, su versión en inglés propone una sucesión continua, la extensión de algo a través del tiempo. Para el poeta, esa búsqueda perpetua no necesita de desenlaces, sino que se centra en lo que el mismo camino del deseo le propone: lo espiritual, lo carnal, el amor, la memoria, la vejez, los abismos. 
 
Libro del anhelo, de Leonard Cohen, lleva esa voz, la del andariego que ha recorrido un trayecto. Publicado originalmente en 2006, fue escrito casi en paralelo con el disco Ten new songs (“In my secret life”, “A thousand kisses deep”, “Alexandra leaving”), lanzado en 2001. “Algunos de los poemas de este libro pasaron a ser letras de canciones que Sharon Robinson y yo escribimos y cantamos juntos”, confesó Cohen a su biógrafa Sylvie Simmons, como el ya inoxidable “A mil besos de profundidad”. “Álbum de recortes: una miscelánea de poemas, fragmentos de prosa y material gráfico”, entre los tantos versos se cuelan dibujos e ilustraciones del propio Cohen: su rostro, el de su maestro zen, objetos, mandalas, instrumentos musicales, las diferentes formas que puede tomar en un trazo de lápiz la belleza femenina. 
 
El volumen abre con el poema homónimo: “Mi animal aúlla / un ángel está preocupado / pero no se me permite / queja alguna”. Pasa por lugares maravillosos como “La taberna de Dusko 1967”: “Ponte algo, / y si tuvieras que decirle a alguien / que te marchas, / díselo, o que te acompañe, pero date prisa: / han venido a buscarte / te están llamando / no van a estar toda la vida esperándote. / Ni siquiera te están esperando ahora.” Y hasta reversiona “La casada infiel”, de Lorca, una de sus mayores influencias literarias. Como Dylan, Cohen ha sido una de las voces más originales que han dado las letras ligadas a la música desde los ’60 hacia acá. Esta reedición viene a recordarnos que su deseo vehemente -el de la palabra- se ha extendido en el tiempo, más allá de que el hechicero haya abandonado este mundo terreno, mundo que Cohen, claro está, siempre subordinó al espiritual.

Devoción, de Patti Smith

La última novela de la cantante y poeta norteamericana 

Devoción no es un libro que se construya desde lo uniforme, para ser leído como un todo. En su brevedad, fragmentario, cruza géneros como la crónica, la poesía, la fotografía, lo epistolar y la ficción: “un diario de viaje poco riguroso: esbozos de poemas, notas y observaciones hechas sin más motivo que el de escribir algo”. Dividido en tres capítulos (“Cómo funciona la mente”, “Devoción” y “Un sueño no es un sueño”), se presenta como la coexistencia de dos libros en uno, o uno dentro del otro. 

Comienza con un vuelo a París, donde la editorial Gallimard ha organizado una serie de eventos alrededor de los libros de Smith: “una escritora que no escribe va a hablar con unos periodistas sobre la escritura”. El hotel, los cafés, los paseos por la capital francesa, el legado de Albert Camus: “ciudad en la que no se precisa mapa”, París no se acaba nunca. 

Pero la historia se fractura con una imagen de TV y un relato ficcional que empieza a desgranarse en un viaje en tren. Eugenia, una adolescente de 16 de años, es “un hervidero de libertad”: intuitiva, atrevida, con una historia marcada por los conflictos estonios en el período ruso, devota del patinaje sobre hielo, conocerá a un hombre solitario y millonario, mayor que ella, con el que tejerá una oscura pasión que la llevará a la pérdida de la inocencia. Devoción se encuadra en la reconocible prosa poética de Smiths, con imágenes abrasadoras y construcciones que parecen salir flotando de su puño, o de sus entrañas, o de lo onírico, sobre todo cuando se trata de “la intensificación de lo abstracto”, a la vez que secuencia de buceo por sus propias nostalgias, sinsabores, erudiciones, fantasmas y figuras emblemáticas de sus lecturas y filmografías preferidas, para cerrar con una de las más grandes -y pretenciosas- preguntas de la literatura: qué es, por qué escribir.

martes, 8 de septiembre de 2020

El libro que nunca leeremos


Sobre el Necronomicón de H. P. Lovecraft, a 130 años de su nacimiento 

El Necronomicón fue escrito bajo el título Kitab Al-Azif (“El rumor de los insectos por la noche”), alrededor del año 730 d.C., por el poeta Abdul Al-Hazred, alias “el árabe loco”. El hombre no pudo contar mucho más que eso: la leyenda dice que murió devorado, a plena luz del día, por una bestia invisible. Hacia el año 950 de la Era Cristiana, el Necronomicón se tradujo al griego en manos de Theodorus Philetas, para adoptar el título con que lo conocemos. 

Su etimología es más sencilla de lo que parece: relativo a la ley (o las leyes) de los muertos. Así, se difundió entre filósofos y hombres de ciencia de la Baja Edad Media, pero macabros sucesos en torno a él lo llevaron a que la Iglesia Católica lo condenara en 1050. Casi doscientos años después, un tal Olaus Wormius lo tradujo al latín, en la que sería su versión más famosa. Es esta traducción la que sobrevivió al tiempo, ya que los originales en árabe y griego se creen perdidos. De todos modos, y a pesar de considerarse un libro maldito, fue impreso en España y Alemania en el siglo XVII, y, se según se supone, se conservarían algunas copias completas: en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, en la Biblioteca Nacional de París, en la Universidad de Miskatonic, Estados Unidos, y en la Universidad de Buenos Aires. 

Claro que toda esta historia no es más que una invención de la brillante y atormentada mente de Howard Phillips Lovecraft, maestro de la literatura de terror y de ciencia ficción, nacido en 1890 y muerto en 1937 en Providence, Estados Unidos. Heredero de Edgar Alan Poe, autor de más de cien libros (entre ellos En las montañas de la locura, La sombra sobre Innsmouth, El caso de Charles Dexter Ward, El color que cayó del cielo y La llamada de Cthulhu) y amante de los textos apócrifos, como luego lo sería uno de sus tantos admiradores, Jorge Luis Borges, quien lo homenajeó en el relato “There are more things” (En El libro de arena). 

La primera mención del texto data de su cuento “The hound” (El sabueso), aunque volvió a hacer referencia a él en otro de sus relatos, “El horror de Dunwich”. En 1927, Lovecraft escribió una breve nota sobre su tesoro inexistente, que fue publicada un año después de su muerte. Allí define sus características, con lujo de detalles, casi al punto de volver verosímil la existencia del libro. Quizás por eso el Necronomicón encontró eco en otras voces. En primer lugar, entre sus amigos, lo que se llamó el círculo lovecraftiano, como August Derleth –el primer editor de sus escritos– o Clark Ashton Smith –poeta, escultor, pintor, cuentista. Pero, como en toda mentira bien montada, dio pie a grandes confusiones. Páginas en internet que pretenden develar sus misterios o ponerlo a la venta. O un anuncio de 1962 en que se ofrece un ejemplar del Necronomicón publicado en España en 1647. O el Necronomicón de Simón, de autor anónimo, datado en 1977 y con un capítulo en primera persona titulado “El testimonio del árabe loco”. Ni que hablar de otras tretas de chistosos y tunantes, que lo incluyen en fichas de registro y catálogos de bibliotecas. 

Un buen homenaje es el que hizo el asombroso dibujante H. R. Giger (creador de la imperecedera imagen de Alien, el monstruito de la saga de películas), quien publicó una recopilación de sus dibujos bajo el título Giger's Necronomicon, en una edición muy cuidada de... 666 ejemplares. 

Ya había escrito el propio Lovecraft sobre su carácter ficticio: “los libros terribles y prohibidos me fuerzan a decir que la mayoría de ellos son puramente imaginarios. Nunca existió ningún Abdul Alhazred o el Necronomicón, porque inventé estos nombres yo mismo”. Y aun así podríamos pedir a las bestias inconcebibles, que llegan desde las oscuras tinieblas de la antigüedad, que nos descubran su legado, y, entre datos astrológicos, listas de ángeles y demonios e instrucciones para llevar a cabo hechizos y pociones, nos permitan leerlo.

Stoner, de John Williams


Hay ocasiones en que suena excesivo, cuando no sospechoso, que una obra sea recomendada tanto por la crítica literaria, aquellos amigos lectores que nos rodean o las consabidas fajas de “décima edición”. O es un clásico en potencia o huele a opereta de marketing, y es entonces cuando urge leer por fuera de todos los prejuicios.  Frente a Stoner, cualquier prejuicio se desvanece. 

El mote de “uno de los grandes hallazgos de la literatura de los últimos años” no suena ni sospechoso, ni marketinero. El vértigo con que la novela obtuvo notoriedad es directamente proporcional a su calidad: publicada originalmente en Estados Unidos en 1965, fue reeditada a principios de la década pasada y traducida a una veintena de lenguas.  Hijo único de una humilde familia de agricultores, la vida de William Stoner da un giro  cuando, en su primer año en la universidad, descubre la pasión por la literatura. En ese nuevo paisaje social, su adaptación será a través del saber. 

Pero la indolencia, la apatía con la que Stoner parece contemplar su propia existencia, el andar entre errático e inconsistente, nebuloso de sus días, no contrasta para nada con la empatía que genera. Con él se llega a tocar el cielo de la docencia, con él somos mancillados en nuestro matrimonio, con él sufrimos los horrores de la guerra, horadamos el honor por mantener una amistad, nos distanciamos de nuestro gran amor; con él callamos las palabras que exigen ser pronunciadas. 

Stoner ya tiene reservado un lugar en el anaquel de los clásicos de la novelística norteamericana como El viejo y el mar, El cazador oculto o La conjura de los necios.

lunes, 3 de agosto de 2020

La masacre de Kruguer, de Luciano Lamberti


Algo extraño sucede en Kruguer, un pueblito de ensueño, con apenas cien habitantes, emplazado al pie de macizos nevados. Los lugareños viven situaciones confusas, inexplicables; voces en la noche, figuras fantasmales, ladridos, alucinaciones, comportamientos irregulares; es algo que está en el aire. ¿Sugestión, trastorno colectivo, mensaje del cielo? Es 26 de junio de 1987, día del pueblo, fiesta de la nieve: la masacre se desata. Inconcebible, atroz, monstruosa: suicidios, asesinatos, autoflagelaciones, ahorcamientos, descuartizamientos, decapitaciones. Alaridos, sangre, fuego. El infierno en la tierra. ¿Qué lo ha provocado? ¿Corresponde a lo terrenal una maldición de esa índole? Es una verdad desconocida. La montaña, el secreto de la montaña, he ahí, acaso, el epicentro de la cosa.

Treinta años después, con apenas unos pocos testigos para referirlo, alguien pretenderá reconstruir el enigma. Fragmentario, dispuesto a la manera de un rompecabezas desmontado, Lamberti utiliza para entramar La masacre de Kruguer (disponga el lector si linkear o no con el inefable Freddy) diferentes recursos narrativos: testimonios de primera mano, guión de un programa de televisión, recreación ficcional, informes de peritos, crónica lisa y llana, racconto histórico, descripciones de fotografías.

Fácil de adscribir al género terror, la novela gana en tensión al dosificar los elementos, se construye a través de huecos que sólo la voracidad lectora puede calmar. La respuesta, como en su novela anterior, La maestra rural, quizás provenga del más allá. Como en ese film de culto que es Event Horizon, el infierno puede ser cósmico, alienígena, provenir de un otro mundo que nos observa y transforma, o, simplemente, vivir dentro de nosotros.