Personajes, femeninos en su mayoría, escondidos en el barro de la historia. Una foto más del lado oscuro del American Way of Life. Lucía Berlin contaba el dolor con ráfagas de belleza. Y lo hacía con un ritmo que por momentos fluye y por momentos se retrae, con un humor delicado, casi inglés, con finales abiertos, cercenando verbos; contando las voces de aquellos que sólo podían ser escuchados por su oído sagaz. Escribía con nervio, sin grises, como quien corta el césped del lenguaje. Dicen que los setenta y seis cuentos que publicó -toda su obra- son su biografía ficcionalizada (“exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero nunca miento”; “la mujer sobre la que estoy escribiendo (...) está escrita en tercera persona”).
Nació en Alaska, vivió en asentamientos mineros, en Chile, en México, en más de media docena de ciudades estadounidenses (“debo de llevar doscientas mudanzas a cuestas”). Trabajó como mujer de la limpieza (“las mujeres de la limpieza lo saben todo”), enfermera, telefonista, docente. Fue madre de cuatro hijos, sufrió abandonos y muertes de parejas, publicó entre los ’60 y los ’80 y falleció en 2004. Manual para mujeres de la limpieza -como Stoner, de John Williams- es un maravilloso y necesario rescate reciente de la literatura norteamericana. “Lloro, al fin”, cierra el relato que da título al libro. Vale llorar, sea de alegría, sea de tristeza, al leerla. Vean la foto de solapa: Lucia Berlin era hermosa, como sus relatos.

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