jueves, 11 de febrero de 2021

Nunca es demasiado. Fernando Samalea.

 

Baterista, percusionista, bandoneonista, ser espiritual, discípulo de Jodorowsky, hombre de una memoria prodigiosa o de una tenacidad obsesiva por tomar apuntes; vagabundo productivo, hedonista, alguien que “camina absorbiendo el presente”; el que tocó con todos (Melingo, Estelares, Dacal, Lizarazu, Manzanera, Sexteto Irreal, el clan Ortega, miles más), dueño de “todas las vidas que me hubiera gustado tener”, según respalda el crooner francés Benjamin Biolay en uno de los prólogos (el otro corresponde al colombiano Sandro Romero Rey).
Así es como pinta y se pinta Fernando Samalea en Nunca es demasiado. Una larga historia en el rock, tercer y última entrega de una saga que comenzara con Mientras otros duermen (2017) y Qué es un longplay (2015). El libro es una “manera atrevida de vivir otra vez los recuerdos, aun en medio de un presente vertiginoso”, y ese presente incluye centros culturales, teatros, museos, hoteles, bares, aviones y caminatas por Europa, Japón y los EEUU, recitales, reuniones con amigos, personajes del rock y el arte en general, segmentado en una decena de capítulos con extensos subtítulos, no exentos de humor, a la manera de los viajeros del Siglo XIX.
Ese incansable andar acompaña también las vastas ocurrencias de Charly García, “Nuestro Héroe Nacional”, “una usina creativa constante”; la travesía en moto de 11 mil kilómetros por Sudamérica junto a la cantante y artista plástica Marina Fages, veinticuatro conciertos incluidos; o escenas hilarantes, como cuando descubre que un desconocido se ha hecho pasar por él para beber y comer gratis en un bar porteño durante un año. Con citas a Fernando Noy, Marta Minujín y George Gershwin y una cuidada selección de fotografías a color, todo se sumará, como dice Alejandro Terán, “al anecdotario de la vida surrealista del músico”.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario