Sobre el Necronomicón de H. P. Lovecraft, a 130 años de su nacimiento
El
Necronomicón fue escrito bajo el título Kitab Al-Azif (“El rumor de los
insectos por la noche”), alrededor del año 730 d.C., por el poeta Abdul
Al-Hazred, alias “el árabe loco”. El hombre no pudo contar mucho más
que eso: la leyenda dice que murió devorado, a plena luz del día, por
una bestia invisible. Hacia el año 950 de la Era Cristiana, el
Necronomicón se tradujo al griego en manos de Theodorus Philetas, para
adoptar el título con que lo conocemos.
Su etimología es más
sencilla de lo que parece: relativo a la ley (o las leyes) de los
muertos. Así, se difundió entre filósofos y hombres de ciencia de la
Baja Edad Media, pero macabros sucesos en torno a él lo llevaron a que
la Iglesia Católica lo condenara en 1050. Casi doscientos años después,
un tal Olaus Wormius lo tradujo al latín, en la que sería su versión más
famosa. Es esta traducción la que sobrevivió al tiempo, ya que los
originales en árabe y griego se creen perdidos. De todos modos, y a
pesar de considerarse un libro maldito, fue impreso en España y Alemania
en el siglo XVII, y, se según se supone, se conservarían algunas copias
completas: en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, en la
Biblioteca Nacional de París, en la Universidad de Miskatonic, Estados
Unidos, y en la Universidad de Buenos Aires.
Claro que toda esta
historia no es más que una invención de la brillante y atormentada mente
de Howard Phillips Lovecraft, maestro de la literatura de terror y de
ciencia ficción, nacido en 1890 y muerto en 1937 en Providence, Estados
Unidos. Heredero de Edgar Alan Poe, autor de más de cien libros (entre
ellos En las montañas de la locura, La sombra sobre Innsmouth, El caso
de Charles Dexter Ward, El color que cayó del cielo y La llamada de
Cthulhu) y amante de los textos apócrifos, como luego lo sería uno de
sus tantos admiradores, Jorge Luis Borges, quien lo homenajeó en el
relato “There are more things” (En El libro de arena).
La primera
mención del texto data de su cuento “The hound” (El sabueso), aunque
volvió a hacer referencia a él en otro de sus relatos, “El horror de
Dunwich”. En 1927, Lovecraft escribió una breve nota sobre su tesoro
inexistente, que fue publicada un año después de su muerte. Allí define
sus características, con lujo de detalles, casi al punto de volver
verosímil la existencia del libro. Quizás por eso el Necronomicón
encontró eco en otras voces. En primer lugar, entre sus amigos, lo que
se llamó el círculo lovecraftiano, como August Derleth –el primer editor
de sus escritos– o Clark Ashton Smith –poeta, escultor, pintor,
cuentista. Pero, como en toda mentira bien montada, dio pie a grandes
confusiones. Páginas en internet que pretenden develar sus misterios o
ponerlo a la venta. O un anuncio de 1962 en que se ofrece un ejemplar
del Necronomicón publicado en España en 1647. O el Necronomicón de
Simón, de autor anónimo, datado en 1977 y con un capítulo en primera
persona titulado “El testimonio del árabe loco”. Ni que hablar de otras
tretas de chistosos y tunantes, que lo incluyen en fichas de registro y
catálogos de bibliotecas.
Un buen homenaje es el que hizo el
asombroso dibujante H. R. Giger (creador de la imperecedera imagen de
Alien, el monstruito de la saga de películas), quien publicó una
recopilación de sus dibujos bajo el título Giger's Necronomicon, en una
edición muy cuidada de... 666 ejemplares.
Ya había escrito el
propio Lovecraft sobre su carácter ficticio: “los libros terribles y
prohibidos me fuerzan a decir que la mayoría de ellos son puramente
imaginarios. Nunca existió ningún Abdul Alhazred o el Necronomicón,
porque inventé estos nombres yo mismo”. Y aun así podríamos pedir a las
bestias inconcebibles, que llegan desde las oscuras tinieblas de la
antigüedad, que nos descubran su legado, y, entre datos astrológicos,
listas de ángeles y demonios e instrucciones para llevar a cabo hechizos
y pociones, nos permitan leerlo.