miércoles, 7 de octubre de 2020

Novedades de octubre

Solo. Marcelo Vera (Novela. La Pollera) 

Novela de la pérdida: un hombre queda viudo en lo mejor del amor y vive encerrado en su departamento, aislado en su propia voz. Historia cerrada sobre sí misma pero de final abierto. Rosarino, promotor de libros, Vera ya publicó Solo en Buenos Aires un par de años atrás, ahora llega esta edición chilena.

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El eterno silencio. Eduardo Blaustein (Novela. Obloshka) 

Blaustein “vuelve a patear el tablero realista, pero uno siempre puede juntar las piezas y lo que se arma –con la historia del tipo y su entorno terminal- es una alegoría renga y fenomenal de la corrosión y pérdida de la familia, el remate degradado del Paraíso que supimos destruir. La biografía y la Historia colectiva”, dice el gran Juan Sasturain en el prólogo. 

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La balada de Leonard Cohen. Harry Rasky (Biografía. Trilce) 

A través de una serie de entrevistas se construye este retrato de uno de los grandes poetas contemporáneos, además de novelista y, sobre todo, cantautor, dueño de una voz íntima y a la vez universal, autor de bellísimas canciones. Basado en el documental del mismo nombre que Rasky realizó en 1979. 

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Persecución. Joyce Carol Oates (Novela. Fiordo) 

Novelista, cuentista, crítica, dramaturga, profesora de escritura creativa, maestra del género suspenso psicológico, la autora neoyorquina estará a cargo de la apertura del FILBA 2020. En Persecución, Abby, ya adulta, volverá a caer en una pesadilla de su niñez, que le hará rever su pasado, hasta que el azar haga lo suyo.

Libro del anhelo, de Leonard Cohen

Versos del poeta, novelista y cantautor canadiense fallecido en 2016 Si el anhelo, en su definición académica castellana, es “deseo vehemente”, su versión en inglés propone una sucesión continua, la extensión de algo a través del tiempo. Para el poeta, esa búsqueda perpetua no necesita de desenlaces, sino que se centra en lo que el mismo camino del deseo le propone: lo espiritual, lo carnal, el amor, la memoria, la vejez, los abismos. 
 
Libro del anhelo, de Leonard Cohen, lleva esa voz, la del andariego que ha recorrido un trayecto. Publicado originalmente en 2006, fue escrito casi en paralelo con el disco Ten new songs (“In my secret life”, “A thousand kisses deep”, “Alexandra leaving”), lanzado en 2001. “Algunos de los poemas de este libro pasaron a ser letras de canciones que Sharon Robinson y yo escribimos y cantamos juntos”, confesó Cohen a su biógrafa Sylvie Simmons, como el ya inoxidable “A mil besos de profundidad”. “Álbum de recortes: una miscelánea de poemas, fragmentos de prosa y material gráfico”, entre los tantos versos se cuelan dibujos e ilustraciones del propio Cohen: su rostro, el de su maestro zen, objetos, mandalas, instrumentos musicales, las diferentes formas que puede tomar en un trazo de lápiz la belleza femenina. 
 
El volumen abre con el poema homónimo: “Mi animal aúlla / un ángel está preocupado / pero no se me permite / queja alguna”. Pasa por lugares maravillosos como “La taberna de Dusko 1967”: “Ponte algo, / y si tuvieras que decirle a alguien / que te marchas, / díselo, o que te acompañe, pero date prisa: / han venido a buscarte / te están llamando / no van a estar toda la vida esperándote. / Ni siquiera te están esperando ahora.” Y hasta reversiona “La casada infiel”, de Lorca, una de sus mayores influencias literarias. Como Dylan, Cohen ha sido una de las voces más originales que han dado las letras ligadas a la música desde los ’60 hacia acá. Esta reedición viene a recordarnos que su deseo vehemente -el de la palabra- se ha extendido en el tiempo, más allá de que el hechicero haya abandonado este mundo terreno, mundo que Cohen, claro está, siempre subordinó al espiritual.

Devoción, de Patti Smith

La última novela de la cantante y poeta norteamericana 

Devoción no es un libro que se construya desde lo uniforme, para ser leído como un todo. En su brevedad, fragmentario, cruza géneros como la crónica, la poesía, la fotografía, lo epistolar y la ficción: “un diario de viaje poco riguroso: esbozos de poemas, notas y observaciones hechas sin más motivo que el de escribir algo”. Dividido en tres capítulos (“Cómo funciona la mente”, “Devoción” y “Un sueño no es un sueño”), se presenta como la coexistencia de dos libros en uno, o uno dentro del otro. 

Comienza con un vuelo a París, donde la editorial Gallimard ha organizado una serie de eventos alrededor de los libros de Smith: “una escritora que no escribe va a hablar con unos periodistas sobre la escritura”. El hotel, los cafés, los paseos por la capital francesa, el legado de Albert Camus: “ciudad en la que no se precisa mapa”, París no se acaba nunca. 

Pero la historia se fractura con una imagen de TV y un relato ficcional que empieza a desgranarse en un viaje en tren. Eugenia, una adolescente de 16 de años, es “un hervidero de libertad”: intuitiva, atrevida, con una historia marcada por los conflictos estonios en el período ruso, devota del patinaje sobre hielo, conocerá a un hombre solitario y millonario, mayor que ella, con el que tejerá una oscura pasión que la llevará a la pérdida de la inocencia. Devoción se encuadra en la reconocible prosa poética de Smiths, con imágenes abrasadoras y construcciones que parecen salir flotando de su puño, o de sus entrañas, o de lo onírico, sobre todo cuando se trata de “la intensificación de lo abstracto”, a la vez que secuencia de buceo por sus propias nostalgias, sinsabores, erudiciones, fantasmas y figuras emblemáticas de sus lecturas y filmografías preferidas, para cerrar con una de las más grandes -y pretenciosas- preguntas de la literatura: qué es, por qué escribir.

martes, 8 de septiembre de 2020

La autora del mes: Mónica Rita Berjman


Mónica Rita Berjman nació en Necochea, es psicóloga y escritora. Ha ganado varios concursos de cuentos. La novela Las Marrapodi (Editorial Modesto Rimba) se adjudicó el XVIII Premio Salvador García Aguilar, auspiciado por el ayuntamiento de Rojales, Alicante, España, y fue publicada en ese país con el título de Prueba de resistencia (Editorial Agua Clara).

El libro que nunca leeremos


Sobre el Necronomicón de H. P. Lovecraft, a 130 años de su nacimiento 

El Necronomicón fue escrito bajo el título Kitab Al-Azif (“El rumor de los insectos por la noche”), alrededor del año 730 d.C., por el poeta Abdul Al-Hazred, alias “el árabe loco”. El hombre no pudo contar mucho más que eso: la leyenda dice que murió devorado, a plena luz del día, por una bestia invisible. Hacia el año 950 de la Era Cristiana, el Necronomicón se tradujo al griego en manos de Theodorus Philetas, para adoptar el título con que lo conocemos. 

Su etimología es más sencilla de lo que parece: relativo a la ley (o las leyes) de los muertos. Así, se difundió entre filósofos y hombres de ciencia de la Baja Edad Media, pero macabros sucesos en torno a él lo llevaron a que la Iglesia Católica lo condenara en 1050. Casi doscientos años después, un tal Olaus Wormius lo tradujo al latín, en la que sería su versión más famosa. Es esta traducción la que sobrevivió al tiempo, ya que los originales en árabe y griego se creen perdidos. De todos modos, y a pesar de considerarse un libro maldito, fue impreso en España y Alemania en el siglo XVII, y, se según se supone, se conservarían algunas copias completas: en la Biblioteca Widener de la Universidad de Harvard, en la Biblioteca Nacional de París, en la Universidad de Miskatonic, Estados Unidos, y en la Universidad de Buenos Aires. 

Claro que toda esta historia no es más que una invención de la brillante y atormentada mente de Howard Phillips Lovecraft, maestro de la literatura de terror y de ciencia ficción, nacido en 1890 y muerto en 1937 en Providence, Estados Unidos. Heredero de Edgar Alan Poe, autor de más de cien libros (entre ellos En las montañas de la locura, La sombra sobre Innsmouth, El caso de Charles Dexter Ward, El color que cayó del cielo y La llamada de Cthulhu) y amante de los textos apócrifos, como luego lo sería uno de sus tantos admiradores, Jorge Luis Borges, quien lo homenajeó en el relato “There are more things” (En El libro de arena). 

La primera mención del texto data de su cuento “The hound” (El sabueso), aunque volvió a hacer referencia a él en otro de sus relatos, “El horror de Dunwich”. En 1927, Lovecraft escribió una breve nota sobre su tesoro inexistente, que fue publicada un año después de su muerte. Allí define sus características, con lujo de detalles, casi al punto de volver verosímil la existencia del libro. Quizás por eso el Necronomicón encontró eco en otras voces. En primer lugar, entre sus amigos, lo que se llamó el círculo lovecraftiano, como August Derleth –el primer editor de sus escritos– o Clark Ashton Smith –poeta, escultor, pintor, cuentista. Pero, como en toda mentira bien montada, dio pie a grandes confusiones. Páginas en internet que pretenden develar sus misterios o ponerlo a la venta. O un anuncio de 1962 en que se ofrece un ejemplar del Necronomicón publicado en España en 1647. O el Necronomicón de Simón, de autor anónimo, datado en 1977 y con un capítulo en primera persona titulado “El testimonio del árabe loco”. Ni que hablar de otras tretas de chistosos y tunantes, que lo incluyen en fichas de registro y catálogos de bibliotecas. 

Un buen homenaje es el que hizo el asombroso dibujante H. R. Giger (creador de la imperecedera imagen de Alien, el monstruito de la saga de películas), quien publicó una recopilación de sus dibujos bajo el título Giger's Necronomicon, en una edición muy cuidada de... 666 ejemplares. 

Ya había escrito el propio Lovecraft sobre su carácter ficticio: “los libros terribles y prohibidos me fuerzan a decir que la mayoría de ellos son puramente imaginarios. Nunca existió ningún Abdul Alhazred o el Necronomicón, porque inventé estos nombres yo mismo”. Y aun así podríamos pedir a las bestias inconcebibles, que llegan desde las oscuras tinieblas de la antigüedad, que nos descubran su legado, y, entre datos astrológicos, listas de ángeles y demonios e instrucciones para llevar a cabo hechizos y pociones, nos permitan leerlo.