miércoles, 13 de enero de 2021

Bienvenida a casa, de Lucia Berlin

La de Lucia Berlin es una escritura cándida, aunque cuente lo oscuro; es elemental, pero nada ingenua; de un humor sutil, que va al hueso y se desliza con naturalidad, en lo mejor de la línea realista, dura, norteamericana de Carver, Cheever, Hemingway. Las dos selecciones -Manual para mujeres de la limpieza (2019) y Una noche en el paraíso (2016)- se convirtieron en un imprescindible rescate de los setenta y pico de cuentos que publicó en diferentes revistas entre los ’60 y los ‘80: escribía sobre la soledad, el alcohol, los vínculos familiares, el amor y el desamor, los empleos, la metrópolis. Bienvenida a casa. Apuntes biográficos, fotografías y cartas escogidas es la tercera antología de su obra. No ya una vida parapetada detrás de la ficción, sino un modo de la autobiografía fragmentaria. Lo dice Jeff, uno de sus hijos -quien tuvo a su cargo la clasificación del material- en el prólogo: Bienvenida a casa es “una sucesión de recuerdos de los lugares donde se había sentido en casa”.

Dividido en dos grandes secciones, la primera guarda fotografías y memorias dispersas, los textos en los que estaba trabajando al morir en 2004: desde su nacimiento en Alaska pasando por la niñez (“la primera palabra que dije fue luz”), las múltiples mudanzas, hogares, paisajes, parejas, la llegada de los hijos; EEUU, Chile, México; incluido el capítulo “Los problemas de todas las casas en las que he vivido”, cuatro graciosas páginas con detalles de los típicos problemas habitacionales de una mujer que viva con lo puesto sobre lo ya instalado. La segunda parte -“cartas escogidas 1944-1965”- es epistolar, cartas que enviaba a su amigo el profesor de Lengua y literatura Edward Dorn. Detrás de eso, la búsqueda: ordenar el caos, reafirmar el pasado reciente, bucear en lo lejano, recuperar aromas, vivencias, sostenerse frente al pánico del presente, enumerar, hacer un recuento; la vida constituida por peripecias, un inventario de objetos y acciones cotidianas. Si para Berlin leer es “un consuelo íntimo”, para nosotros leerla a ella es exactamente lo mismo.

Novedades de enero

Los Llanos. Federico Falco (Anagrama)
La historia de un hombre que, tras el desamor, abandona todo y se muda a la llanura pura y dura. La huerta, el pueblo cercano, la naturaleza en esencia, el tiempo como directriz. Novela sutil, seductora, sin estridencias, finalista del Premio Herralde 2020.

Un hombre sin patria. Kurt Vonnegut (Cía. Naviera Ilimitada)
Vonnegut reflexiona en estos textos breves, suerte de minimemorias, sobre el arte, la literatura, la política, la guerra, su familia, él mismo, la manera en que estamos destruyendo el planeta, el humanismo. Un libro lúcido, ácido y divertido.

Sugøkusë. Martín Sancia Kawamichi (Evaristo)
Marcia hace tatuajes en el local de una galería. Su oficio la liga con un personaje misterioso que llega con el objetivo de convertir sus párpados en dos pétalos de sangre. Sugøkusë: la siempre poética y maravillosa y efectiva escritura de Martín Sancia Kawamichi.

Cuentos completos. Lorrie Moore (Seix Barral)
Una de las voces actuales más importantes de la larga tradición estadounidense. La brecha que separa a hombres y mujeres, la soledad, los que han dejado de creer en el amor, el humor, la ferocidad, los tan callados deseos íntimos. Todos sus cuentos, reunidos por primera vez.

Cómo provocar un incendio y por qué. Jesse Ball (Sigilo)
La protagonista tiene dieciséis años, a su madre internada en un manicomio, vive en un garaje con su tía anarquista y acaba de ser expulsada del colegio, hasta que toma contacto con la Sociedad del Fuego. Una novela incendiaria, ya desde la tapa comienza el desafío.

El retrato de Verónica G. Andrea Ferrari (Juvenil. Loqueleo)

La imagen publicitaria de Verónica G. provoca admiración y envidia al mismo tiempo que en el mundo explota un movimiento de mujeres contra el mandato de la belleza tradicional. Novela aguda y actual sobre la belleza y las humillaciones para conseguirla.

jueves, 10 de diciembre de 2020

La autora del mes: Elida Saidler

Elida Saidler nació en la ciudad de Buenos Aires, en 1964. Médica y escritora. Con “La luz del amanecer” obtuvo el segundo premio del Concurso Interamericano de Cuentos Avon 2008, publicado en la antología Mujeres que alzan la voz. En 2009 obtuvo una mención en el Concurso de Cuentos Infantiles de Fundación El Libro, con “De quien es el bosque”. Su primer libro, La resistencia de los árboles, obtuvo una Mención del Fondo Nacional de las Artes, en la categoría cuento, en 2012, y fue publicado en 2014 por la editorial Paradiso. Otros textos suyos de ficción fueron publicados en revistas y suplementos literarios. Cien palomas muertas (Conejos, 2018) es su primera novela.

No es un río, de Selva Almada

Tres amigos -Enero, el Negro, Tilo: un mes, un color, un árbol- se llegan hasta la isla para cumplir con el ritual que los hermana desde que tienen uso de razón: la naturaleza, la pesca, el campamento, la cofradía. Entre ellos, Eusebio, el Ahogado, el ausente, el fantasma revelado entre sueños.
Y en el devenir, la gente del pueblo y la gente de la isla, clase popular, baja; familias rotas, desmembradas, abandonos, la niñez destemplada; el alcohol, la apatía, la amistad (y sus límites), el sexo, dejarse estar; el rancherío, el agua oscura, amarronada, el monte.

La inminencia de un enfrentamiento, una traición, una tragedia; la violencia latente, lo ominoso. Esa isla y ese pueblo innominados -aunque sepamos que se trata del norte de una provincia mesopotámica- están a orillas o en medio del río, y no serían lo que son si no estuvieran a orillas o en medio de ese río. “El río. Un resplandor que humedece los ojos. Y otra vez: no es un río, es este río. Ha pasado más tiempo con él que con nadie”. 

Y el monte: “Lo conoce como a la palma de su mano. Como no conoce ni conoció a ninguna persona”. Y la isla: “que es como decir: sobre el mundo”. Ese mundo, el único conocido, y no otro. Lo que como a nada en el mundo se conoce.

No es un río, de Selva Almada, que viene a completar la trilogía que arrancó con ese excelente libro que es El viento que arrasa y siguió con Ladrilleros, es una novela costera, que viaja en el tiempo, entre presente y pasado, y donde lo onírico busca sus intersecciones con lo real y tiene en sus personajes y en la naturaleza el conducto para esa búsqueda. Prosa ajustada, sintética, un vuelo poético que hace que las imágenes huelan, se vean, se palpen, se saboreen: “gurises negros y flacos como anguilas, puro ojo”; “la lancha pasa, rampante sobre el agua, abriéndola en dos como a una tela podrida”. El pulso de la oralidad, puro realismo, leve filiación a lo mágico, un lenguaje recortado, como quien escucha música. Cadencia de la escritura, que se asemeja al moroso oleaje de ese río.

Entrevista con Horacio Convertini


 

-¿Cómo surgió “La última noche de Dios”?

-“La última noche de Dios” fue escrito para ser publicado en una antología editada por Kike Ferrari que se llama Borges negro y criminal. Se trata de un libro en homenaje a Paco Camarasa, un librero de Barcelona y entendido en género negro que murió en 2018. Paco fue un entusiasta promotor del género negro argentino en España. Hoy lo llamaríamos influencer, pero era mucho más que eso. Su librería en Barcelona era un templo, al que lamentablemente no pude conocer. Sí conocí y traté a Paco, que fue muy generoso con mis textos. La propuesta de Kike era tomar algo del universo Borges y reversionarlo. Nos dio libertad total. Yo elegí “El proveedor de iniquidades”, de Historia Universal de la Infamia, porque me gusta el personaje de Monk Eastman. Además, remite al mundo de Pandillas de Nueva York, el filme de Martin Scorsese. Decidí trabajar el punto de vista de la persona que lo mató, lo que representaba Eastman para él. Y reconstruí la escena del crimen: lugar, día, hora. Inventé una motivación y una circunstancia. Para Bohan, matar a Eastman era matar a una leyenda. Eso me pareció muy interesante.



-¿Qué te llevó a escribir ese final?

-El final fue más o menos así en la vida real. Él sale del bar y lo matan por la espalda. Lo del gato es un tributo al final de Borges.



-En base a lo que Borges dice en el prólogo, eso de "falsear y tergiversar", ¿de algún modo continuaste una cadena de apócrifos?

-Falseé, desde luego. Y tergiversé en función literaria. Los compañeros de Bohan son ficticios. Y que la orden del crimen la haya dado Arnold Rothstein, también. Pero el espinazo de la historia es verdadero. Los detalles de color en la particular vida de Eastman son literatura pura, como el combate a mano limpia con Paul Kelly o su actuación en el frente belga.



-“El proveedor de iniquidades” parece ser el único policial negro del conjunto de relatos. Borges prefería al policial de enigma, sin embargo, el tuyo sí huele a policial negro.

-Borges prefería el policial de enigma porque era racional. Pero también avisaba que estaba condenado a muerte por la repetición de sus artificios. La literatura negra norteamericana, al menos alguna de ella, le parecía truculenta, no le gustaba. “Todos son malevos, los policías y los criminales”, decía. A mí particularmente me gustan las historias donde todos son malevos o tienen alguna suciedad que esconder.



Borges: “El proveedor de iniquidades Monk Eastman”


https://borgestodoelanio.blogspot.com/2016/03/jorge-luis-borges-el-proveedor-de.html



Horacio Convertini: “La última noche de Dios”

http://www.lapalabraprecisa.com.ar/-292-la-%C3%BAltima-noche-de-dios-por-horacio-convertini.html